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La victoria más dulce Kenneth Copeland 03 October ...si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Una tarde, mientras estudiaba este versículo, el Señor me explicó algo que casi me bota de la silla. Él me dijo: Jesús no era libre por no haber cometido pecado. Él no cometió pecado porque era libre. Deseo que por un momento asimile esa declaración. ¿Logra entender a qué me refiero? Esto quiere decir que en varias ocasiones, como creyentes, hemos estado haciendo las cosas al revés. Hemos pensado: “Si tan sólo pudiera deshacerme del hábito de fumar, librarme de esta enfermedad o depositar algo de dinero en el banco, entonces sería libre”. Sin embargo, debemos ir tras la libertad misma. Una vez que tomemos la verdadera libertad, esos cigarrillos, esa enfermedad y la falta de dinero caerán sin poder ante nuestros pies; y ya no podrán atarnos, así como sucedió con Jesús. No obstante, usted podría pensar: “Sí, pero la gente ha impuesto manos sobre mí. Casi me han arrancado todo el cabello tratando de llevarme a esa libertad: y aún no la obtengo”. Jesús no afirmó que la imposición de manos lo haría libre. Él enseñó que usted conocería la verdad, y la verdad ¡lo haría libre! Él declaró: Permanece en Mi Palabra y ¡serás libre como Yo! Habita y actúa conforme a ella. Entonces la imposición de manos funcionará. Sé que es emocionante que impongan manos sobre usted para que sane y sienta el poder de Dios recorriendo su cuerpo. Pero existe un gozo aún más fuerte que surge cuando obtiene su sanidad o su liberación al permanecer en fe en la Palabra de Dios. Usted sabe que está creciendo en Jesús cuando los problemas vienen; y en lugar de correr al pastor clamando por ayuda, va a su lugar secreto de oración, toma su Biblia y encuentra la respuesta. Comienza a leer, y escucha cómo Dios le habla. Cada versículo que vivifica su espíritu, lo escribe. Luego, cada noche antes de acostarse, los lee otra vez —los cree —. Quizá su cuerpo no sienta diferencia alguna, pues el diablo podría estar a su lado repitiéndole: “No recibirás tu sanidad hoy; y te mataré por la mañana”. Pero en lugar de debilitarse en temor, solamente confiesa: Diablo, cállate, y quita tus manos de mi cuerpo. No te pertenezco, y jamás te perteneceré. La Palabra afirma que soy sano; y en lo que a mí respecta, esta conversación se acabó. A la mañana siguiente, toma su Biblia y lee de nuevo los pasajes bíblicos. De pronto se sorprende y piensa: Alabado sea Dios, estoy tan emocionado por estos versículos, ¡que he olvidado el dolor de los últimos 30 minutos! Ese tipo de victoria es la más dulce que existe. Isaías 54-55; Salmo 55 Permanezco en la Palabra, y soy discípulo de Jesús. Conozco la verdad y ésta me hará libre (Juan 8:31-32).

Scripture Reading: Lucas 8:11-15